Tuesday, July 11, 2006

Danzones en Berkeley

Son las 10:20 de la mañana de este frío martes, la ciudad de Berkeley está cubierta de una fría capa de neblina y yo estoy trabajando frente a mi computadora desde las ocho de la mañana, atendiendo llamadas de usuarios que necesitan orientación para usar un sistema financiero (¿qué es más gris, esta mañana llena de neblina o este sistema?) ... de repente, veo que en mi pantalla hay un 'mensaje instantáneo' de Jason donde me pide que sintonice la estación de radio KPFA pues en estos precisos momentos están tocando un danzón.

Ni tarda ni perezosa sintonizo la estación en mi compu (inventos del hombre .... ¿amarillo o blanco? Tal vez de ambos) y ahí está: Salón México ¡uno de los danzones más hermosos que he escuchado en mi vida!

Hacía mucho que no escuchaba un danzón, así que casi olvidaba qué rico, que digo rico, riquísimo se siente el escuchar un sabroso y buen danzón (imagino que los músicos ejecutantes de tal ritmo han de estar siempre a punto del éxtasis al interpretar tan deliciosos sonidos). Casi olvidaba que fabulosa experiencia es escuchar un buen danzón finamente interpretado, casi olvidaba que al escuchar un danzón uno siente como si cada nota musical acariciara suavemente el cuerpo ... es algo sensual, si porque los danzones son muy sensuales, por eso hace unos sesenta o setenta años las llamadas "personas decentes" los despreciaban, creo que porque tenían miedo a aceptar lo rico que se siente escuchar y saborear un danzón.

Sin querer mi imaginación voló al Puerto de Veracruz, en un cálido día de mayo de 1991. Ese día lo voy a tener siempre presente en mi memoria y en mis sentidos. Ese día fue cuando conocí y me enamoré profundamente del danzón.

Gloria, mi querida amiga ganadora y perdedora de tantas batallas feministas y sindicalistas, y yo fuimos a Veracruz por algo así como una semana. Los primeros días nos hospedamos en un albergue para jóvenes muy cerca de la playa de Chachalacas. Ahí comimos ricas mojarras fritas y disfrutamos de la limpísima playa. Luego regresamos al Puerto y ahí fue cuando comenzó todo.

Era pasado el mediodía del domingo cuando llegamos de Chachalacas y nos instalamos en un hotel al lado de la Plaza de Armas. Cuando bajamos a la plaza, después de bañarnos y ponernos ropa fresca nos dimos cuenta que había algarabía en el ambiente y que había mucha gente muy elegantemente vestida de blanco. Personas mayores, jóvenes y hasta niños ataviados con sus mejores galas, luciendo ropa blanca. Mujeres con abanícos, hombres con sombreros de Panamá y zapatos de charol blanco. Todos muy elegantes, todos muy propios, y todos muy pacientes como esperando algo muy bueno.

Y ese algo muy bueno empezó cuando la orquesta comenzó a tocar el primer danzón de la tarde / noche. Era la primera vez que yo veía una orquesta danzonera tocar un danzón en vivo, antes yo ya había escuchado muchos danzones en la radio pues a mi papá le gustan mucho. Pero escuchar un danzón en vivo, es otra experiencia, escuchar las suaves trompetas, el clarinete o los fuertes pero amables timbales ... no hay nada que se le compare.

Todos se pararon a bailar, bailarines que ya peinaban canas, jóvenes y niños, todos tomaron su pareja y se dispusieron a disfrutar y participar en este ritual llamado danzón. Todos, limpiamente ejecutando pasos elegantes y al mismo tiempo sensuales. Todos bailando al son de la orquesta, todos deteniéndose en la parte en que deben detenerse, las mujeres abanicándose sensualmente y como no prestando atención al varón, como dándose a desear, luego otra vez, todos reanudaban el baile.

Yo estaba embelesada, porque bueno, hasta los niños de unos ocho años ejecutaban perfectamente los pasos en el rítmico cuadro: ♪ ¡uno, tan tan, dos, tan tan, tres, tan tan, pausa! ♪ ¿Cómo le hacen? ¿Cómo hacen para verse tan elegantemente sensuales al bailar?

Se veía que todos disfrutaban muchísimo del baile, tanto, que Gloria y yo dijimos al mismo tiempo: “yo también quiero bailar así”, así que casi sin pensarlo decidimos buscar a una pareja para que bailara con nosotras. Es que no podíamos perdernos ese baile. Es que sentimos que era un pecado no disfrutar de esa música tan deliciosa. Así que, en los siguientes minutos nos dedicamos a ver quienes iban en pareja y quienes no. Cuando vimos quienes iban solos nos enfocamos en los hombres que parecieran serios y respetuosos y que además supieran bailar.

Seleccionamos a un señor de unos sesenta años quien se veía que bailaba muy bien y además se veía serio. Nos acercamos a el y le preguntamos si quería bailar con nosotras a pesar de que nosotras no sabíamos bailar danzón. Su respuesta no se hizo esperar ‘claro que sí’ (viéndolo en retrospectiva, ¿qué señor de sesenta años no iba a querer bailar con dos jóvenes guapas aunque inexpertas en danzón por consumado bailarín que fuera? Bueno, tal vez algunos rechazarían la oferta, pero definitivamente la mayoría hubiera aceptado).

Alternándonos a nuestra pareja, bailamos varias ‘piezas’ (como las llama mi papá) de danzón con este amable señor, quién en pocos minutos trató de enseñarnos cómo hacer el famoso cuadro o cómo seguir los tiempos … pero ni Gloria ni yo pudimos aprender tan rápidamente como hubiéramos querido. Aunque esto no fue motivo para no disfrutar de tan gustoso y sabroso ritmo, de la cadencia y sensualidad de cada nota ejecutada por la orquesta. Y mucho menos fue impedimento para que yo cayera bajo el influjo hipnotizador del danzón.

Terminó la noche, después de gozar profundamente cada danzón por cerca de una hora más, la orquesta dejó de tocar, las parejas se dispersaron, la taza (y el encanto de la noche) se rompió y cada quien jaló para su casa felices de haber participado en este delicioso ritual.

Pocos días después Gloria y yo regresamos al DF – y el danzón seguía conmigo. Saturé a mi papá con preguntas sobre este ritmo: que si cuándo lo escuchó por primera vez, que si cómo eran las orquestas de entonces, que si de dónde venían (en vez de preguntar ¿de dónde son los cantantes?, yo preguntaba ¿de dónde son las orquestas?), que si cuáles son sus danzones preferidos, y mil etcéteras. Mi padre contestó como pudo pero yo tenía cada vez mas preguntas, que si sabe hacer ‘el cuadro’, que si porqué hay que detenerse en el montuno, etc, etc. Mi papá baila el danzón con un estilo muy diferente al estilo veracruzano llamado de figura, así que no sabía qué onda con el cuadro famoso.

Entonces yo decidí investigar por mi cuenta y me inscribí a cuanta clase de danzón encontraba y fuí a cuanta plática sobre danzón hubiera. Así tuve la fortuna de muy brevemente conocer a Don Enrique, un maestro de danzón que aparece bailando junto con su esposa en la película Danzón de María Novaro (1), aunque no pude tomar clases con el pues necesitaba una pareja y yo no tenía novio en esos tiempos.

Después, tuve la fortuna de bailar incontables y deliciosas noches en El Riviera, el famoso salón de baile que desgraciadamente cerró sus puertas hace ya unos años (2). Ya para entonces yo tenía un mejor conocimiento sobre este y otros bailes finos de salón. Tuve la fortuna de escuchar en vivo y bailar con la música de orquestas danzoneras de la talla de la de Luis Alcaráz, de Acerina, etc. Fui varias veces al salón Los Angeles (quién no conoce Los Angeles, no conoce México, siempre hay que tener esto bien presente), al California Dancing Club, al Salón Colonia, al Bar León. Una vez unas amigas muy queridas y yo nos inscribimos a un “tour” por los bares y salones de la Ciudad de México, el cual inició allá por las siete de la noche de un sábado y finalizó ya entrada la madrugada del domingo. Lo disfrutamos muchísimo.

Otras noches, Arturo, un amigo amante del danzón y yo nos lanzamos al Salón México. La aventura fue interesante, pues dicho salón ya casi no conserva nada del original y en cambio ahora es visitado por turistas y niños pirrurris quienes no tienen la menor idea de qué cosa es el danzón (¿acaso tienen estos “niños” idea alguna que no sea presumir su ignorancia?). Recuerdo que la primera vez que visitamos este lugar, Arturo y yo comenzamos a bailar en cuadro, y en pocos segundos todos los asistentes, entre pirrurris y turistas, nos hicieron rueda y hasta nos aplaudieron cuando terminó el danzón. Todos nos decían ‘¡qué bonito bailan ustedes!’ y nosotros solo les sonreíamos amablemente. La verdad es que para esas fechas aún bailábamos muy torpemente, pero como en ese lugar no había danzoneros reales pues hasta nosotros como bailarines muy principiantes levantábamos la admiración general. Sólo los de la orquesta y nosotros sabíamos la verdad.

Todos estos recuerdos y más me llegaron en segundos al escuchar inésperadamente a través de KPFA (radio en 94.1 fm) en Berkeley a la orquesta de Acerina interpretar el Salón México en esta fría y gris mañana de martes de julio.

(1) http://cinemexicano.mty.itesm.mx/peliculas/danzon.html
(2) Cierran el Riviera: http://www.jornada.unam.mx/2002/03/15/24an1esp.php?origen=espectaculos.html